En una cama del Hospital General de Valencia, un hombre lucha por su vida. Se trata de un maestro. De un joven profesor de instituto dedicado en cuerpo y alma a enseñar a sus alumnos la lengua de Homero. Un taxista llamó a los servicios de urgencias cuando vio desplomarse a su pasajero al bajar del vehículo, golpeándose este brutalmente la cabeza contra el suelo. Ya en el hospital, los médicos le observaron multitud de heridas y contusiones de extrema gravedad ocasionadas dos o tres días antes y que, con toda seguridad, eran las causantes del desvanecimiento. El nombre de uno de sus alumnos fue lo último que dijo antes de perder el conocimiento. Las lesiones que sufre son de carácter irreversible y si lograra despertar, los daños neuronales son de tal magnitud que las secuelas serían gravísimas. En la denuncia que ha presentado, la familia hace constar la posible implicación en el ataque de uno de sus alumnos, el mismo que nombró antes de sumirse en la inconsciencia. Este muchacho goza de una bien ganada fama de conflictivo; de hecho, la dirección del instituto había encargado al profesor la realización de un expediente disciplinario el cual, una vez finalizado, recomendaba su expulsión del centro escolar. Ahora nos enteramos que estos meses habían sido una auténtica tortura para el docente. Aunque trató que nadie se apercibiera, sus compañeros de claustro le notaban más retraído, como con miedo. Incluso, una semanas antes había permanecido de baja al fracturarse varias costillas. Él lo achacó a un accidente casero, pero sus explicaciones no convencieron a nadie. El pasado sábado, otro educador, en este caso de Ciudad Real, fue asaltado por varios jóvenes cuando regresaba a su domicilio. Comenzaron a golpearle violentamente y cuando cayó al suelo, siguieron propinándole patadas y puñetazos. Actualmente en situación de baja laboral a causa de las heridas que le produjeron, este profesor no se cansa de repetir que lo más indignante era oír como se reían durante la paliza y como otro de los jóvenes les animaba mientras grababa la acción con su teléfono móvil. ¿Qué está ocurriendo con la educación? Sí, ya se que estos pueden ser tan solo casos puntuales, pero, por desgracia, aparecen cada vez con más frecuencia en las páginas de sucesos de los diarios. ¿Ha convertido la tan denostada Ley del Menor a nuestros colegios en un peligroso "saloon" donde prevalece la razón del más fuerte o el más rápido? ¿Será tal vez necesario plantearse una solución alternativa a la obligatoriedad de la enseñanza secundaria? Hace unos días leí la noticia de que un adolescente, en un instituto de secundaria de Boston, en los Estados Unidos, disgustado por que el profesor pidiera a los alumnos que no entrasen con teléfonos móviles en la clase, le arrojó el suyo a la cara produciéndole una aparatosa herida. Visto el caso, el juez ha decretado la inmediata expulsión del colegio, añadiendo como advertencia de que si en los próximos dos años se ve implicado en un suceso parecido irá a dar con los huesos en un correccional. Si la experiencia nos viene demostrando lo peligroso que resulta no poder excluir de las clases a auténticos delincuentes porque la enseñanza es obligatoria, una de dos: o se revisa la aplicación de esta ley o llenamos los colegios de vigilantes y cámaras. Todo antes de que la cuna de la cultura se convierta en refugio de criminales.
La cita: La educación nos hace ser como somos. (Claude Adrien Helvétius)