Como en cualquier confrontación en la que subyacen conflictos étnicos, la fragmentación de la Yugoslavia del Mariscal Tito propició la formación de grupos paramilitares que encontraron en el caos consecuente su hábitat idóneo. Demostrando un nulo respeto por la vida humana, hicieron de la rapiña, la violación y el asesinato un fácil método de subsistencia, no parándose en ambages a la hora de conseguir sus propósitos. El fin de la guerra que impusieron las potencias aliadas y la actual interposición de las fuerzas internacionales en las zonas donde se desarrollaron tan terribles combates han acabado con la hegemonía de estos auténticos señores de la guerra, los cuales se vieron obligados a abandonar el monte incapaces de integrarse de manera racional en la reconstrucción material y política de aquellas naciones. Estos elementos son los que desde finales de los noventa han encontrado en la Europa Occidental un lugar propicio para continuar con su modus vivendi, desplegando en sus fechorías el bárbaro ritual de violencia y sangre al que estaban habituados en sus países de origen. Desde hace unos meses, la oleada de robos y asaltos que vienen sucediéndose en las zonas residenciales de la costa mediterránea española han disparado las alarmas en el Ministerio del Interior que, presionado desde la Generalidad catalana, ha reforzado con doscientos guardias civiles las áreas de Tarragona y Barcelona, provincias que se han convertido en objetivo frecuente de estas bandas criminales. La Comunidad Valenciana presenta unas estadísticas aún más aterradoras: cada veinte minutos es forzado un chalé o una casa de campo; solo en el primer trimestre del presente año se produjeron más de seis mil asaltos. Aquí serán cerca de quinientos guardias recién salidos de la academia los que incrementarán las plantillas existentes. Pero estas medidas solo han logrado un cambio de zona de operaciones y, en estos últimos días, ciertas noticias sobre ataques a urbanizaciones de lujo en Málaga y Cádiz en los cuales los delincuentes han desplegado los mismos métodos brutales, hacen pensar a la policía que algunas de estas bandas pudieran estar reorganizándose en torno a los paraísos turísticos de la Costa del Sol. Esta delincuencia homicida y salvaje solo puede ser combatida con igual violencia. Individuos cuyo desprecio a la vida incluye también la propia, solo frenan su carrera criminal cuando caen abatidos, siendo inútil cualquier intento de lograr una reinserción social. Se trata de verdaderos comandos equipados con medios muy modernos y a los que el Estado pretende oponer agentes que, según sus propios comentarios, están mal dotados, carecen de los medios adecuados y se sienten desmoralizados por la actual política en la materia. Esto conlleva la indefensión del ciudadano, el cual ve como día tras día se multiplica el número de delitos en los que corre peligro su vida. Quizás sea llegada la hora en la que la sociedad deba replantearse la actual reglamentación de armas, posibilitando la defensa particular del hogar, la familia y la propia vida. Recomendaciones por parte de las fuerzas de seguridad en el sentido de que es conveniente guardar en casa unos miles de euros con los que aplacar la furia de los asaltantes, no solo me parecen una tomadura de pelo sino que, obrando en sentido contrario, pueden multiplicar el número de estos ataques en la seguridad de la obtención de un jugoso botín.
La cita: Si la justicia no es fuerte, es preciso que la fuerza sea justa. (François Fénelon)