Han sido portada obligada en todos los informativos de estos últimos días los reportajes sobre las celebraciones de los seguidores del equipo de fútbol que obtuvo el triunfo en la liga de campeones. Las imágenes reflejaban más bien una zona de combate que una manifestación deportiva. Vistiendo atuendos propios de guerrilla urbana, las bufandas con las que alentaban a sus ídolos minutos antes encontraron una nueva utilidad ocultando la cara de quienes transmutaban la natural alegría del premio obtenido por la comisión de delictivos actos de robo y pillaje. Ya sé que muchos dirán que no eran verdaderos aficionados. Y les doy la razón. De un tiempo a esta parte, colectivos radicales de ultraizquierda aprovechan este tipo de festejos para infiltrarse en la eufórica masa y cometer todo tipo de desmanes, tropelías que más tarde justifican en su lucha contra el capitalismo. La ciudad de Barcelona vivó una auténtica noche de locura y fuego. Las sirenas de los vehículos contraincendios no cesaron de oírse en toda la madrugada y los agentes del orden efectuaron más de medio centenar de detenciones. A la mañana siguiente, las zonas adyacentes a la Plaza de Cataluña mostraban las huellas de la batalla, pudiéndose observar multitud de depósitos de basura volcados, vehículos incendiados y gran cantidad de establecimientos con los escaparates rotos y las existencias saqueadas. En Granada, cuando la policía trató de impedir que los simpatizantes culés se subieran en la Fuente de las Batallas se encontró una violenta respuesta por parte de los allí congregados, los cuales comenzaron a lanzar botellas y otros objetos sobre los agentes, registrándose entre las filas de los uniformados algunos heridos; las protestas prosiguieron con la ya habitual quema de contenedores, a la que se sumaron esta vez cortes de tráfico y asaltos a los autobuses urbanos. La Constitución reconoce en su artículo 20 la libertad de expresión a todos los ciudadanos, panacea en la que buscan refugio estas cuadrillas de maleantes cuando las Fuerzas de Orden Público intervienen para cortar sus excesos. Y no han sido estos unos hechos aislados. Proliferan en demasía los elementos marginales que superviven a costa de la tibieza del Estado y que se han acostumbrado a obtener el "placet" a sus reivindicaciones menospreciando los derechos del resto de la población. ¿Por qué se permiten estos comportamientos? ¿Cómo es posible que sobre alguien que desobedece abiertamente las órdenes de las Fuerzas de Seguridad del Estado y las ataca con medios propios de terroristas no caiga todo el peso de la Ley? Por desgracia, no solo conseguirán eludir sus responsabilidades sino que se beneficiarán de esos derechos constitucionales que tan notoriamente han infringido para difamar e injuriar a quienes les reprenden. En algún tiempo pasado debimos dejar abierta la puerta del recreo y se nos escaparon los más golfos de la clase. Ya va siendo hora de que paguen los destrozos causados y, si se declaran insolventes, que se pasen las facturas a esas organizaciones y partidos que tan protectores se muestran con los movimientos ocupas.
La cita: En toda revolución hay dos tipos de personajes: los que la hacen y los que se aprovechan de ella. (Napoleón)