Esta mañana se ha iniciado otro derribo en el casco viejo de mi ciudad. Pronto, un bloque de viviendas oscurecerá aún más unas calles a las que el sol solo llega los escasos instantes que permanece en su vertical. O, más seguramente, en lo que parece haberse convertido una detestable costumbre, el nuevo propietario, una vez retirados los cascotes, vallará el solar y se sentará a esperar que los especuladores multipliquen por diez su inversión. Vengo observando que cuando en una calle se inician obras, los señores constructores actúan como si les hubiese tocado en propiedad. Si tenemos suerte, se limitarán a establecer un perímetro que, en la mayoría de los casos, no solo imposibilita el aparcamiento, sino que puede llegar incluso a convertir el circular por ella en un auténtico deporte de riesgo. Pero si no tenemos suerte, lo que últimamente viene ocurriendo con demasiada frecuencia, se limitarán a cruzar una valla y ¡ya está!, problema resuelto: se corta el tráfico. Salimos de la oficina deseando llegar a casa, o pretendemos hacer unas compras de última hora, o puede que sea nuestro trabajo el que nos obligue a circular por la zona en esos momentos cuando, de repente, aparece un individuo que, revestido de toda la autoridad que le otorga el casco de currante, nos dice que flautas, que la calle está cortada. No pretenda entonces recabar explicaciones. Nadie se las dará. El del casco farfullará razones ininteligibles; los conductores detenidos detrás de usted tocarán el claxon presos de una impaciencia nerviosa; los peatones, al ver que la situación no tiene visos de aclararse, comenzarán a cruzar por delante y por detrás de su vehículo impidiendo su ya de por si disminuida capacidad de maniobra. A la escena se sumará, tarde o temprano, un camión repleto de escombros que pretende avanzar a contramano, razón que explica el interés de los constructores en cortar la calle. Varios jubilados observarán mientras tanto la escena entretenidos, comentando a quién quiera oírles eso de que en sus tiempos esto no pasaba. Y tienen razón. ¿Saben porqué? El del casco, usted, veinte o treinta conductores, los peatones, el del camión, los niños, los jubilados.....y ni un solo guardia. ¿Dónde están los municipales de este pueblo? ¿A que se dedican? ¿Están tal vez inmersos en una terrible batalla contra la delincuencia organizada o las mafias del narcotráfico? Lo desconozco. Lo único que sé es que en mi ciudad, en mi barrio, en mi calle, han delegado la resolución de los problemas de tráfico en el hombre del casco y eso, no me parece de recibo.
La cita: El mayor de todos los males es creer que los males no tienen remedio. (León Daudi)