No
me atrevería a asegurarlo, pero no creo equivocarme si les digo que la razón
fundamental que impulsó a la creación del procedimiento ITV fue la de despejar
nuestras carreteras de aquellos vehículos que no cumplieran unos mínimos
requisitos de seguridad mecánica. El lapso de tiempo transcurrido ya ha sido
suficiente como para permitirnos realizar un estudio estadístico que conteste a
esta pregunta: ¿ha disminuido por ello el número de los accidentes? Las
noticias de los informativos están empeñadas en desmentirlo; es más, todo lo
contrario, cada año parece multiplicarse pero, curiosamente, en las imágenes de
los implicados casi siempre se observan vehículos nuevos. Entonces, ¿cuál ha
sido la utilidad de la ITV en ese aspecto? No puede evitarse, una vez más, que
el ciudadano de a pié saque la impresión de que no deja de tratarse sino de
otro impuesto encubierto.
A la par, nos enteramos de que cada vez es mayor el número de vehículos con los
que nos cruzamos por las carreteras que no han pasado esta inspección. ¿Y de
qué nos extrañamos? La experiencia demuestra que existe una cantidad
considerable de ciudadanos que ha adoptado este comportamiento como norma de
vida. Integran ese colectivo de los que circulan sin seguro, no pagan el
impuesto anual de su vehículo o, lo que cada vez es más frecuente, ni tan
siquiera se han presentado al examen para obtener el permiso de conducción.
¿Tan difícil le resulta a la autoridad localizarlos? Yo creo que no. Pero, ¿a
que molestarse? En oposición a este delictivo comportamiento se encuentra el
conjunto de aquellos otros que cumplen religiosamente con sus obligaciones en
la materia, lo cual ayuda a mantener en equilibrio el promedio que,
representado en artísticos y polícromos gráficos, absolverá de toda
responsabilidad al político de turno que, en cada festividad, en cada puente,
en cada salida o regreso de vacaciones, ante el frío
recuento de víctimas, abrirá los telediarios para, en tono monocorde, intentar
convencernos de que de esto también es culpable, pongamos, la pertinaz sequía.
La cita: Lo más aburrido del mal es que uno se acostumbra.