A los españoles siempre nos ha caracterizado la facilidad con que pasamos de un extremo al otro en el rasero de nuestros afectos. Con absoluta normalidad igual podemos sumir en el desprecio a aquellos a los que hasta ayer hacíamos objeto del más profundo cariño como, por el contrario, considerar aliado al que poco tiempo antes era nuestro enemigo irreconciliable y este gesto de nuestro carácter se observa tanto en las cosas banales del devenir diario como en las cuestiones más serias o trascendentes. La colectividad, a veces con inexplicable sintonía, declarará sin sonrojo objeto de culto a un autor cuyo éxito hasta ese momento se reducía a su entorno familiar y, en el transcurso de pocos años, con similar unanimidad, no solo puede dejar de considerarle digno de estudio sino que, lo que es peor, en otro rasgo también peculiar de nuestro pueblo, olvidarlo al extremo de poderse pensar que nunca hubiera existido. Tal vez se deba a que un país tan cargado de colores como el nuestro, para sus aprecios solo utilice el blanco y el negro, desechando las gradaciones intermedias. Y esto viene a cuento de lo que parece ser una moda establecida en los programas de radio y televisión. Siempre que se organiza una mesa redonda para tratar algún tema de actualidad o una tertulia que polemice sobre lo divino y lo humano, es norma de obligado cumplimiento la presencia de, al menos, un par de cómicos; parece que la cuestión no quedará zanjada de no conocerse la opinión que sobre ella tenga la farándula. Poco valor tendrá la aportación de los más sesudos catedráticos en la materia si nos sustraemos a recabar la intervención de estos titiriteros a los que antes, en el otro extremo del rasero, se prohibía establecerse en las ciudades o ser enterrados en sagrado. Así, veremos tomar asiento en el estrado a un prestigioso arquitecto, un ingeniero de caminos o el último galardonado con el nobel junto al imprescindible, ¡como no!, autor de la canción del verano. Más como toda situación es susceptible de empeorar, esta lo ha hecho. Un gran número de nuestros conciudadanos tiene como única fuente de conocimientos los programas de debate que emiten las televisiones y si con preocupación contemplábamos la presencia de aquellos pseudointelectuales, ahora vemos aterrorizados como han sido sustituidos por toda una corte de degenerados cuyos únicos méritos conocidos son la calumnia, la depravación y la promiscuidad. No nos extrañemos del comportamiento de los alumnos de tan prestigiosos docentes.
La cita: Quien vive entre los deleites y los vicios ha de expiarlos luego con la humillación y la miseria. (Von Schiller)