Los diseñadores españoles, con la aquiescencia de los gestores del gran escaparate de la moda nacional que es la Pasarela Cibeles, han vuelto a poner en escena, envueltas en la parafernalia de los grandes eventos, una trouppe de esbeltas mariposas que pretendidamente representan a la mujer de la calle, esa a la que, a la postre, va dirigida la oferta del vestuario que exhiben. Una temporada más, aunque como siempre a posteriori, ha vuelto a declararse la consabida guerra de las tallas, alegatos en contra por parte de las asociaciones de lucha contra los desórdenes alimenticios y desmentidos desde las filas de los comerciales. Desde un punto de vista meramente estético, he de confesar que me resultan muy atractivas las intervinientes en estos desfiles, no todas, lógicamente, pero si la mayoría. Y no debe ser un punto de vista exclusivamente personal cuando estamos acostumbrados a ver como muchas, en paralelo a su profesión, suelen triunfar merced a ello en otras actividades; no obstante, como dije, se trata de una opinión que asumo y que doy por hecho será contraria a la de algunos de los que lean estas reflexiones. Sinceramente, tener que soportar cada temporada las diatribas entre unos y otros me empieza a resultar cansino. No creo a nadie con autoridad suficiente para obligar a una persona que actúa en uso de su libertad a que aumente o disminuya las medidas de su cuerpo. Si se establece que su salud pudiera correr peligro, que intervengan las autoridades sanitarias. Y si para poder seguir desempeñando su profesión las modelos son presionadas por couturiers y propietarios de marcas, que intervenga el Estado puesto que, de demostrarse, se estaría vulnerando un derecho elemental de los trabajadores. Los sindicatos y las inspecciones laborales, menos hacer política y más a lo suyo, que para eso cobran. Y los vigilantes del interés ajeno, a ver si amplían su espectro de observación, que más de una escuálida libélula hemos visto en los campeonatos de gimnasia, pequeñas a las que la mezcla de dieta y ejercicio convierte en bonsáis femeninos amenorreícos sin que una sola voz repudie dichos métodos. Y a los jinetes del turf. Y a los minimoscas. En fin, que no limiten su censura a una industria que genera trabajo y divisas, no sea que alguien pueda pensar que las pancartas de sus protestas se cosen con hilo italiano.
La cita: La crítica es indulgente con el cuervo e inexorable con la paloma. (Juvenal)