Tocó el rabadán a rebato y, acompasados por el sonido de las esquilas, acudieron todos al pesebre; que nadie muerda la mano que lo alimenta. En el periodismo cada vez quedan menos quijotes capaces de enfrentarse a los molinos de viento. Los grandes grupos empresariales han acabado con el libre pensamiento, desterrando a aquellos que caminan sin ataduras. Puede que donde más se esté notando sea en la radio. El pasado fin de semana, en una emisora de cobertura estatal se abrieron micrófonos para que los oyentes pudiesen manifestar su conformidad o no con determinada propuesta de marcado carácter político. Y se podía afirmar, o al menos así lo entendí yo, que la persona que dirigía el programa se decantaba abiertamente por uno de los extremos, expresando toda clase de objeciones cuando quién llamaba apoyaba el extremo contrario. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón. Es absurdo pretender que los periodistas carezcan de ideología, pero cuando los programas que dirigen no son de debate o cuando al que da su opinión no le asiste el derecho a réplica, deberían limitar su papel a la figura de simples moderadores, sin intervenir vituperando a unos y aplaudiendo a otros. Cuando esto ocurre se está solamente a un paso de fiscalizar las participaciones permitiendo únicamente aquellas que previamente muestren su conformidad con la consigna dada. Y esto se llama censura. En tiempos convulsos como los actuales, a nadie extraña las notables variaciones que sufrirá una misma noticia dependiendo desde que parte de la trinchera provenga. Se tergiversan datos, declaraciones o estadísticas, acomodándolos a intereses partidistas, instrumentalizando el enorme poder de los medios de comunicación. ¿Cuándo se perdió la objetividad? ¿En que bolsa tintineará la verdad junto a las treinta monedas de plata? Los ciudadanos no se merecen vivir en una nebulosa de eterna incertidumbre. El que miente comete un delito mayor al de la propia mentira y es el de matar la esperanza de que no nos están engañando.
La cita: Un error es tanto más peligroso cuanta más cantidad de verdad contenga. (H.F.Amiel)